© Congregation of the Sisters of Divine Providence
Carta de Pascua, Sr. Barbara McMullen

Pascua de 2026
Estimadas hermanas, estimados asociados y asociadas:
Me encontré con una cita el otro día y pensé que definitivamente valía la pena compartirla con ustedes. En un mundo que a menudo busca la certeza a través de argumentos y pruebas, el teólogo judío Abraham Joshua Heschel escribió una vez: «No hay pruebas de la existencia de Dios. Solo hay testigos». Sus palabras resuenan con especial claridad para nosotros, el pueblo de la Providencia. Nuestra vocación no es ganar debates ni ofrecer explicaciones ordenadas del misterio. Nuestra llamada es mucho más hermosa —y mucho más exigente. Estamos llamados a ser testigos.
Hemos encontrado al Dios vivo. Hemos conocido la ternura de la Providencia que guía nuestros pasos, a veces por días brillantes y otras por valles. Sin embargo, hemos sentido la silenciosa fortaleza de Cristo a nuestro lado. La fe, para nosotros, no es una idea abstracta; es una relación. Es la firme certeza de que la Providencia está presente, activa y digna de confianza. Y de esa certeza brota la alegría.
Esta alegría no es un optimismo ingenuo ni una negación del sufrimiento. Es la profunda alegría que proviene de saber que somos sostenidos por Dios. Es la alegría que surge incluso en medio del desafío porque confiamos en que la Providencia obra más allá de lo que podemos ver. Es la alegría que primero brotó del sepulcro vacío y que continúa resonando a lo largo de la historia: ¡Cristo vive! ¡El amor ha triunfado! ¡Canten Aleluya!
Como hermanas y asociados y asociadas de la Divina Providencia, nuestras vidas mismas se convierten en proclamación. Cuando perdonamos, damos testimonio. Cuando nos solidarizamos con quienes son pobres o marginados, damos testimonio. Cuando elegimos la esperanza sobre la desesperación, la compasión sobre la indiferencia, el coraje sobre el miedo, proclamamos el poder transformador de la fe en Jesucristo. A través de nuestra fidelidad, nuestro servicio, nuestra oración y nuestra vida comunitaria, le decimos al mundo: Dios es real. Dios está cerca. Dios es amor.
La pregunta que tenemos ante nosotros es simple y profunda: ¿Cómo damos testimonio de lo que hemos visto y oído? Lo hacemos permitiendo que la presencia de Dios moldee nuestras actitudes, palabras y acciones. Lo hacemos hablando abiertamente de la esperanza que nos sostiene. Lo hacemos viviendo con integridad, para que otras personas vislumbren en nosotros algo más que nosotros mismas. Nuestras propias vidas se convierten en una invitación – una puerta abierta a través de la cual otras personas pueden encontrarse con el Dios que conocemos y amamos.
En cada lugar donde ministramos, en los encuentros comunitarios y en los momentos tranquilos de encuentro cotidiano, llevamos la luz de Cristo. No necesitamos probar la existencia de Dios. Simplemente necesitamos reflejar la presencia de Dios. Un corazón que escucha, un espíritu generoso, un compromiso fiel con la justicia y la misericordia —estos son los testimonios vivos que hacen que la fe sea creíble. Estas son precisamente las cosas que el Obispo Ketteler y la Madre María nos transmitieron.
Que nunca subestimemos el poder de nuestro testimonio. Una sola vida vivida con convicción puede despertar la fe en otra persona. Una comunidad radiante de alegría puede renovar un mundo cansado. La Providencia nos ha confiado esta santa responsabilidad —no porque seamos perfectas, sino porque estamos dispuestas.
Continuemos, pues, avanzando con confianza. Confiemos en Aquel que nos ha llamado. Regocijémonos en el don de la fe que llena nuestros corazones con una esperanza inquebrantable. Y con voces fuertes y agradecidas, proclamemos con nuestras vidas y nuestros labios:
¡Aleluya! Dios está con nosotros. Dios es fiel. Dios sigue obrando entre nosotros.
Con gratitud por cada uno de ustedes y por el testimonio que brindan cada día, ¡les deseo una Feliz Pascua!
Hermana Barbara McMullen CDP, Líder Congregacional
